Equilibrar nuestras emisiones (Compensación)

Equilibrar nuestras emisiones (Compensación)

Muchas veces no hay más remedio que consumir energía y emitir CO2. Pero hay acciones que pueden equilibrar, en cierto modo, parte de las emisiones que podemos haber generado.

“Compensar” totalmente nuestro impacto ambiental es realmente difícil, si no imposible. Cuando consumimos energías fóssiles estamos consumiendo, rápidamente, un capital que la naturaleza ha tardado miles de millones de años en acumular. Los ritmos

de absorción de CO2 de, por ejemplo, la vegetación no pueden igualar en ningún caso la velocidad a la que nosotros emitimos los gases que agravan el efecto invernadero. Si consideramos los ciclos naturales y la escala de tiempo geológica, la acción de las plantas podría ser asimilable tan sólo a una reserva de carbono de carácter temporal.

Por ello, en primer lugar se deben tomar decisiones para evitar el consumo energético innecessario. En segundo lugar, hay que entender que la crisis ambiental generada por las sociedades humanas en el último siglo va más allá del calentamiento global, y son necesarios esfuerzos en otros ámbitos además del de la reducción de las emisiones de carbono. En este contexto, muchas de las medidas propuestas como acciones de “compensación” de las emisiones de carbono trabajan con tecnologías apropiadas y sostenibles a largo plazo como las energías renovables, o reportan beneficios ecológicos diversos como la recuperación de zonas boscosas. Así, pese a que la “compensación” no sea posible, si estos proyectos de reducción de emisiones van precedidos por acciones reales de reducción y tienen consecuencias ambientales favorables valdría la pena ponerlos en práctica.

A continuación, proponemos diferentes opciones de “compensación”, entre las que se cuenta la compensación económica, pero también otros enfoques, para tratar de equilibrar las emisiones personales que no podemos reducir.

Reparto de la ración de carbono personal: la importancia del total

Si observamos que hay aspectos de nuestra vida que no podemos cambiar de ninguna de las maneras, como realizar viajes relativamente frecuentes por motivos de trabajo o familiares, podemos introducir en el resto de ámbitos de nuestra vida cotidiana, hábitos que permitan reducir sustancialmente nuestro impacto de CO2. Por ejemplo, en el día a día podemos movernos a pie o en bici y ahorrar energia en casa, para equilibrar de este modo las emisiones asociadas a un transporte que no podemos cambiar y reducir así nuestra ración “total” de carbono.

Restitución con energías renovables

Poder disponer de una pequeña instalación para generar energía renovable en la vivienda (fotovoltaica, térmica…), utilizar cargadores solares, aprovechar la biomassa local y de aprovechamiento forestal sostenible, o participar en instalaciones colectivas de energías renovables, son un modo de restituir con energía limpia la energía sucia que hemos tenido que consumir. Por cada kilowatio que contribuimos a generar con energías renovables se ahorra casi medio quilo de CO2.

“Compensación” económica

Hay iniciativas que cuantifican económicamente las cantidades de CO2 emitidas para invertir dinero en proyectos que favorecen el ahorro de energía, las energías renovables o la plantación de árboles y vegetación.

Existen cada vez más empresas dedicadas a ofrecer este tipo de “compensación”. Los proyectos de reducción de emisiones que se incluyen como medidas de compensación dentro del llamado marco regulado (es decir, las compensaciones que realizan las empresas que estan obligadas a ello por norma, según el Protocolo de Kyoto) son verificados por las Naciones Unidas. En cambio, en el marco voluntario, en el que tienen cabida las iniciativas de empresas o particulares que quieren compensar sus emisiones pese a no estar obligados a ello, no hay un control por parte de un órgano certificador. Entonces, hay que apostar por entidades o proyectos con un cierto reconocimiento, para tener la seguridad de que realmente el dinero que se invierte se destina a proyectos reales con reducciones de emisiones reales.

Las reducciones de emisiones “compradas” no tienen ninguna lógica ambiental si sólo pretenden hacer un lavado verde de cara sin asumir que hay que realizar un cambio de fondo. No es lo mismo que una persona “compense” con un gasto económico todas las emisiones de sus viajes en avión, que que esta misma persona decida viajar menos en avión y más en tren, y entonces promueva proyectos de reducción de emisiones con una aportación económica para reequilibrar las emisiones que no ha podido dejar de hacer.

Promover proyectos positivos ayuda a avanzar hacia la sostenibilidad, pero no puede ser la única solución: el planeta necesita que reduzcamos el consumo y cambiemos de hábitos. La compensación sólo puede ser aceptable cuando previamente ya se ha hecho todo lo posible para reducir. Pensemos que una tonelada de carbono ahorrada hoy es mucho mas valiosa para evitar el calentamiento global que una tonelada ahorrada dentro de veinte años. La austeridad debería presidir la lucha contra el cambio climático.

Compensación” por acciones

Otra visión del concepto de “compensar” emisiones de CO2 sería la valoración de nuestros desplazamientos o actividades consumidoras de energia como acciones que podrían tener un efecto de reducción neta real de emisiones. Un ejemplo sencillo sería el de desplazarnos en coche para tener una conversación inspiradora con un usuario habitual de coche privado, que provoca que a partir de entonces abandone el coche y reduzca su huella de carbono. Pensemos que nuestras actividades pueden generar cambios y reducir el uso de recursos. Otro ejemplo sería la reparación de objetos o el reciclaje: destinamos unos recursos energéticos y materiales pero en el total se ahorran muchos más.

Bosques, árboles y plantas

Los proyectos de plantación de árboles o reforestación de zonas degradadas son algunos de los proyectos más habituales para “compensar” emisiones. Se trata de favorecer sistemas vivos que ayuden a absorber CO2 y, por tanto, a estabilitzar las concentraciones de este gas de efecto invernadero a la atmósfera. Además, los árboles tienen un valor estético, sentimental y social que los hace especialmente adecuados para convertirse en símbolos de la “compensación” de emisiones.

Sin embargo, por ello también se corre el riesgo de que los discursos se vuelvan simplistas, ya que la “compensación” total, como se ha visto, no sería posible. El ritmo de captación del CO2 por parte de la vegetación es más lento que el de nuestras emisiones, y los árboles són sólo reservas temporales de carbono. Por eso, no son una solución única y definitiva, y el papel de los bosques como sumidero para mitigar las emisiones de CO2 es limitado. Sin embargo, los árboles tienen muchas otras funciones ecológicas necesarias para la continuidad de la vida y las sociedades humanas: mantener la biodiversidad, generar oxígeno y suelo fértil, hacer mover el agua en su ciclo sin fin… Deberían ser motivos suficientes para promover reforestaciones en las que los árboles no sean simples reservas de madera.

A nivel personal, se puede practicar la plantación de vegetación, participar en las iniciativas de reforestación de organizaciones dedicadas a ello, o valorar los servicios de empresas dedicadas a la plantación y cuidado de árboles como estrategia para aprovechar los bienes naturales del bosque de manera sostenible y con un rendimiento económico.

En resumen, la verdad ineludible es que en primer lugar es necesario que reduzcamos las emisiones de efecto invernadero. Entonces, pese a que los sistemas de “compensación” o reequilibrio de emisiones personales o de empresas no son una solución a largo plazo para la mitigación del cambio climático, sí es positivo el hecho de que, con la excusa del calentamiento global, ayuden a llevar a la práctica proyectos beneficiosos a largo plazo para la sostenibilidad del planeta.

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